Arribaste en mi puerto y yo ilusa te dejé escarbar con tu
quilla en mis arenas.
En la noche estrellada mi
guía eran los pequeños puntos de luz en la distancia y apareciste tu; faro que alumbra
la calera y detiene las desgracias.
El agua calma de mi mar se volvió en tormenta al chocar con
tu viento agitado y formamos juntos un huracán.
Te dejé llover con fuerza dentro de mi pequeño barco trémulo,
hasta que lo hundiste en la mar.
Vuelta la noche y el día por verte sonreír y ver en el
reflejo de tus aguas los destellos que podría lograr al pasar.
Tuve miedo al perderme en la profundidad de ese mar que
nunca su fondo deja ver. Al caer el sol de tus besos, mi blanca arena tibia se volvía dorada y
abrazaba con ansia la venida de tu calor, tu sentencia, tus arrebatos.
Mi playa se estremecía entre las noches al caer el velo
negro con que acariciabas suave las líneas de mi orilla desnuda a tus vaivenes.
Y suavemente me inundabas de tus aguas convergentes dulces, revueltas,
saladas.
Pasaron las estaciones entre rápidas y lentas. La luna de
tus sueños, las aguas de tus cuentos. El olor de playa, sabor
de mar, la brisa en el viento. El
calor y el frío. El abrazo de tu barco entre mis aguas. Nos volvimos uno. La gaviota en su
vuelto, el puerto, las sonrisas, la sal. Intercambiando papeles. Hundiéndonos entre
el cielo, el agua, luz y oscuridad.

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